20 de marzo de 2008

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EN LA CAFETERIA. Un hombre vestido con chaqueta y corbata me ofreció el asiento al lado de la barra. Lo acepté, le di las gracias y pedí mi desayuno al camarero. No recuerdo lo que había, pero algunas cosas dulces y otras saladas, con pan. El hombre del traje, el que me había cedido el sitio, terminó su café. Agarró la mano del camarero; la soltó, la agarró con más fuerza y luego la soltó de nuevo, por último la palmeó haciendo extrañas figuritas con los dedos retorcidos. Era un raro forcejeo que debía ser un juego habitual entre ellos. Algo como un saludo yanqui o así, o una prueba irrefutable de algo, de pertenencia a un club.
Cuando salió de la cafetería me fijé en sus zapatos de goma brillante porque hacían un extraño sonido, como de diminutos reptiles al pasar.