15 de agosto de 2008

11

UN VIENTO arrastra miles de notas hechas con un xilófono de madera por el suelo. Mis muslos. La parte del cuerpo de la que soy más consciente -pero que no veo aún- están ahí, muertos sobre el banco, también de madera. Me extraño al abrir los ojos y ver el Verde y Negro de un seto que se extiende a mi lado, en paralelo a mis piernas -que ahora sí; ya veo-. Están estiradas sobre las tablas, y tienen el vello erizado (visto calzón). El soplo de aire que me ha devuelto a la cárcel, esta tarde, se aleja con hojas rastreras.
Me despierto de una siesta en el patio.
¿¡Y soy yo!?
Pero al despertar tengo un estribillo sonando en la cabeza, de forma repetitiva. Es este:

Y es
que
me
paso el día de juerga
toda la noche sin descansar,
zapateando y dando candela,
con la chavalas cerca del mar…
¿A dónde habré ido sin moverme del banco? ¡Es una canción que no oía desde hace décadas! Mientras me froto la cara, me pregunto qué habré podido soñar en este recinto carcelario para tener de repente un recuerdo así, de esta canción perdida, repitiéndose en mi cabeza.
Me incorporo. Antes de volver a mi celda imagino un yo otro en la playa, ¿hace treinta años? Verano. Vivo una especie de sueño de los setenta: una playa de la costa del sol, llevo un polo rojo ajustado y en este sueño, aunque soy rubicundo, mi melena es oscura, voy de juerga. ¿Zapateando y dando candela? Sí, a toda velocidad, en moto, por las curvas de una carretera estrecha que me lleva a la playa, ¡soy libre, y el viento me sujeta la cara! Ando hacia mi celda. Pero en mi sueño se escucha el petardeo de la Puch Minicrós Súper de depósito naranja, rebotando en los pasillos de árboles por los que atravieso.
Voy a toda prisa, con las chavalas cerca del mar…