EL GRITO debió alcanzar los límites más extremos de la ciudad. Se escuchó un bramar de júbilo que invadía todas las calles como una especie de ciclón, de alarido, de éxtasis humano que lo recorrió todo: ¡OOOOOOOOL!, se oía por todas partes.
Fue entonces cuando asomado al ventanuco de mi celda vi a aquel tipo que saltaba al vacío con una bandera en la espalda. Vi luego otro, que desde el edificio de al lado, desnudo y con pintura de colores en la cara y en el pecho, volaba gritando eso mismo: "¡OOOOOOLl!" Asistí enseguida a un goteo humano que terminó con familias enteras desbordando por balcones y ventanas. Irremediablemente se arrojaban todos al vacío desde lo alto. Hombres, mujeres y niños alzaban sus puños al aire y gritaban aquello en su caida libre: ¡OOOOOL!, ¡OOOOOL!, ¡OOOOOOL!... en lo que interpreté como el paroxismo más amargo de la lluvia de felicidad.
Fue entonces cuando asomado al ventanuco de mi celda vi a aquel tipo que saltaba al vacío con una bandera en la espalda. Vi luego otro, que desde el edificio de al lado, desnudo y con pintura de colores en la cara y en el pecho, volaba gritando eso mismo: "¡OOOOOOLl!" Asistí enseguida a un goteo humano que terminó con familias enteras desbordando por balcones y ventanas. Irremediablemente se arrojaban todos al vacío desde lo alto. Hombres, mujeres y niños alzaban sus puños al aire y gritaban aquello en su caida libre: ¡OOOOOL!, ¡OOOOOL!, ¡OOOOOOL!... en lo que interpreté como el paroxismo más amargo de la lluvia de felicidad.