En la cárcel hay tiempo para leer. Lees mucho pero hablas poco, algunas veces te preguntas si conservas todavía la capacidad abandonada de emitir sonidos. Levantas un poco la cara y emites uno, al azar: “HEM, ¿ARI?, ¡ARE!, HEM” Sí. Verificas que conservas esa inútil facultad de parlotear (¿la usarás en el futuro?) y te despreocupas, bajas de nuevo la cabeza en un leve movimiento hacia su posición normal, hacia el libro; y sigues a lo que verdaderamente importa: “En búsca del tiempo perdido”.
(En los límites difusos que rodean el texto todo es diáfano, como el verde de una infinita mesa de villar que se extiende y se aleja.)
(En los límites difusos que rodean el texto todo es diáfano, como el verde de una infinita mesa de villar que se extiende y se aleja.)
Aunque la vida aquí no está exenta de algunas cosas inesperadas. Hoy alguien ha dejado un poema entre las hojas del libro mientras yo recogía mi bandeja en el comedor. Habla de mi compañero de celda, Bartleby. Es su novia quien lo escribe:
“... Soy la novia de Bartleby.
Varada.
Siempre a punto de partir
y de escribir un verso con los dedos
en el vaho del espejo, en la puerta del lavabo
o en la hoja rasgada
que encontré en su bolsillo.
Siempre lo pospongo.
Me pregunto hasta cuándo...”
Pilar S.J.
Dejo a Proust, y me quedo pensado en mi compañero de celda, en su novia que aguarda… en la gente, y en sus cabezas. Pienso, en las bolas de billar, en el choque vilento del marfil que modifica sus trayectorias de forma irremediable y loca. Ahí fuera.
“... Soy la novia de Bartleby.
Varada.
Siempre a punto de partir
y de escribir un verso con los dedos
en el vaho del espejo, en la puerta del lavabo
o en la hoja rasgada
que encontré en su bolsillo.
Siempre lo pospongo.
Me pregunto hasta cuándo...”
Pilar S.J.
Dejo a Proust, y me quedo pensado en mi compañero de celda, en su novia que aguarda… en la gente, y en sus cabezas. Pienso, en las bolas de billar, en el choque vilento del marfil que modifica sus trayectorias de forma irremediable y loca. Ahí fuera.