VOY a la biblioteca de la cárcel. Pero hoy no quiero montar el pollo, hoy no pienso inmolarme frente a ninguna balda. Tampoco sacaré la picha y ni mearé tras el mostrador, mientras deletreo al funcionario —despacísimo, como si fuera subnormal— el titulo de algún libro. Hoy solo quiero pedir uno: ¡tan solo eso, pedirlo!
—Hola; quería pe…
—A ver, ¿qué libro querés hoy? —dice el funcionario ceñudo, sin dejarme acabar la frase, y lanzándome una mirada insidiosa, porque ya me conoce y me la tiene jurada— y no me pidás boludeces, que sabés de sobra que no hay; ni montés numeritos de los vuestros, si no querés acabar con un rasho de veinte mil voltios en pecho, como la última vez.
Apoyo los codos sobre el mostrador de metal que nos separa, y le digo quedamente:
— ¡Quiero —despacio, vocalizando cada palabra— “El-vizconde-Pajillero-de-los-Cojones-Blandos”; de Benjamín Péret!—, y me quedo fijo, mirándole a los ojos.
— ¡Eh... está bien, lo encargo, lo encargo! –contesta bajando la mirada hacia el ordenador, y buscando el timbre de seguridad bajo la mesa– pero ya sabés que este tipo de libro podría demoraros hasta doce años.