6 de febrero de 2009

14 FIGURAS HUMANAS




A lo lejos, en el campo, la silueta negra de un buitre se confunde con la de un hombre. Es un hombre de cabeza muy pequeña, y hombros estrechos, que se mueve torpemente hacia los lados. Junto a él, otras siluetas iguales se reúnen; permanecen casi inmóviles, o se balancean lentamente y avanzan con torpeza.

Solo la Roca Madre observa el ritual. Mira las aves humanas, reunirse en un corro sobre la llanura. Son como husos erguidos, agitándose sobre la landa. Es «el baile de los hombres-buitre», es la agitación oscura de las sombras.

A lo lejos, entre siluetas negras y perfiles angustiosos de rapaz, entre arbustos muertos y ramas de esqueleto; un hombre-buitre le tiende la mano a otro. Y entonces el baile termina: el trato se cierra.

Después, el hombre-buitre agarra un palo y lo blande sobre las nubes con rabia, mientras despliega la poderosa y oscura alada. Eleva su cuerpo en el aire, y en su ascenso, amenaza con el palo al horizonte. ¡Y hasta a la mismísima Roca Madre!

La Roca Madre parece sabérselo ya, haberlo visto muchas otras veces. Mira imperturbada a través de sus riscos, de los que nacen sus miles de ojos, ―que brotan desde el infierno, hasta más allá de las nubes violetas― y es así testigo silencioso y perenne ―de todo―: del baile de los hombres-buitre, del trato que cierran las garras, de sus amenazas seguidas de turbios despegues, y del paso desordenado de sus armadas sombras.

¡Oh!, Roca Madre que estás en los cielos, roca nuestra de pecho bruñido, vigilante de augurios de horror y de manchas que ruedan por tus extendidas faldas, que sobrevuelan cruzando tus indolentes tajos, llenos de pasto reseco, de tembloroso frío, que silba y se arrastra.

¡Oh, Roca Madre que miras al cielo…!

«Dánosle hoy, dánosle hoy»