27 de marzo de 2009

15

Oigo ruidos en la noche, voces: «¡Fiesta del cuento!, ¡fiesta del cuento!» se escucha junto a un alboroto de risas y gente que es como el murmullo de un río, pero inconstante. Mientras, en mi celda, un gato nuevo trata de engullir a otro más pequeño que saca la cabeza y una pata a través de la boca del primero. Un colibrí liba una enorme hortensia, y un pequeño vencejo azul juega con un gusano en el pico, antes de decidir tragárselo y salir volando. «¡Fiesta del cuento!, ¡fiesta del cuento!» se escucha sin cesar, junto a gritos que afean la música -algo siniestra y repetida- que toca un banda de jazz compuesta por interpretes enanos. Hoy no podré dormir, con todas esas cosas juntas aqui arriba y los ruidos y los gritos de ahí abajo.

Salen de la fiesta lentamente, unos se abrazan al pisar la calle, otros gritan cuando ven el cielo, o alzan los brazos y se desperezan; otros andan dando tumbos por la calle, como si hubieran bebido demasiado.

-¡Fiesta derretida del cuento! -grita una niña que mira desde abajo fijamente hacia la cárcel.

Desde la piltra, hay un fulgor extraño que entra por el ventanuco de mi celda, y es un fulgor que cambia todo el rato, por momentos fluorescente y por momentos opalino, que crea criaturas inquietantes en lo oscuro. ¡Sí, sí, «fiesta del cuento, fiesta del cuento»: pero aunque me levante muchas veces y me acerque a la ventana de la celda, no logro comprender porqué, porqué!